
Después de caminar tres cuadras con el peso de mi bolso, mi mochila y el Aquiles (el carro), encontré una puerta a lo que podría ser tomado como un viejo conventillo porteño. Allí decidí pasar las noches de logística en San Salvador. El residencial no tiene nombre, se encuentra a metros de la Terminal de omnibus haciendo del ruido una variable constante, los baños son precarios, pero el sentimiento de haber arrivado a la provincia más norteña luego de pasar tres meses en la más sureña, le da color hasta a las lánguidas paredes de mi habitación.
Por la noche, salí a caminar por las, ya más tranquilas, calles céntricas en busca de seguir estimulando mis mente por medio de mis sentidos. Me senté en la esquina de Av. Lavalle y 19 de abril (el 19 de abril es el día del Indioamericano) en un pequeño restaurant de comida rápida, y pedí una cerveza negra. Permanecí sentado en mi silla, con la cerveza fría en una mano y la birome movediza en la otra; estaba observando, refrescandome y escribiendo, con el mismo contexto como amante y musa. En aquella esquina, dónde nace la Av. principal Lavalle, tuve un primer encuentro con un niño local. Lucas es su nombre; es alumno de la escuela Eva Perón, tiene once hermanos (lo cual dió lugar a un momento de risas cuando le dije que tengo sólo dos), y a las diez y media de la noche está caminando con uno de sus hermanos por las calles, repartiendo "estampillas de santos y cartitas -melosas- de amor a voluntad". ¿Cuántos Lucas hemos visto en las calles de nuestros barrios? ¿Cuántos Lucas habrá en la provincia? ¿y en el país? ¿y en el mundo? ¿Cómo puede ser que un niño de no más de 9 años, con su hermanito de no más de 5, estén pidiendo monedas a las 10:30 de la noche?
Más allá de darle una moneda, lo que a Lucas le produjo una humilde sonrisa fue el momento en que le dije que tengo sólo dos hermanos, algo logrado sin intereses, más bien por simple hecho de abrirnos al diálogo dejando de lado las diferencias y prejuicios impuestos. Lucas es uno de muchos que desean que no seamos indiferentes, que no fijemos nuestra mente en la ilusión de que todo cambiará por arte de mágia, que no busquemos justificar por medio de dotes cósmicos, ignorantes y sádicos, el hecho que haya gente desfavorecida, esta gente, estos niños necesitan sobre todo amor. Abramos nuestra mente y nuestro corazón, dejando salir nuestro calor y dejando entrar el calor de los demás. Se puede ayudar de infinitas maneras, una es no ser indiferentes a la cruda y desfavorecida realidad de quienes siguen siendo, al mismo nivel que nosotros, seres humanos en búsqueda de la felicidad.
En cuanto a la caminata, estoy entusiasmado, feliz y con muchas ganas de comenzar. Romper los miedos que mis dudas han impuesto será uno de mis variados objetivos de la misma. Esta semana, comenzaré a caminar por tierras del noroeste argentino; tierras nuevas, tierras distintas, tierras que se prolongarán por kilometros de nada y de todo, de todo y de nada, tierras cargadas de mitos y tradiciones lejanas a las del imperio capitalista y sociedad consumista en la que he vivido desde el 25 de septiembre de 1986. ¿Qué pasará mañana? Por ahora se lo que pasa en este momento y por eso no me voy a adelantar a supuestos.
Por el momento, próxima estación, La Quiaca...
